Ahora puedes pintar como los clásicos.

Pintura artística

Todos los aficionados a la pintura tenemos nuestros pintores de referencia. Grandes pintores a los que admiramos por alguna de sus características: Van Gogh por el color, Sorolla por el tratamiento de la luz, Caravaggio por su expresividad. A todos los que pintamos nos gustaría aprender sus habilidades y llevarlas a nuestro terreno. Ahora es más fácil que nunca gracias al desarrollo de las técnicas y de los materiales.
Conocí hace tiempo a un estudiante de Bellas Artes que cada mañana acudía al Museo del Prado a pintar. Con su caballete y su maletín de pintor, se colocaba frente a una obra de arte y la replicaba. Trabajaba yo, en aquel entonces, en una cafetería del barrio de Lavapiés y le propuse hacer una exposición en el local. Ya la habíamos hecho antes. Cedíamos las paredes del establecimiento a pintores y fotógrafos para promocionar el talento local y, si algún cuadro se vendía, eso que ganaba el artista.
No es que el pintor fuera ninguna maravilla. Se notaba que eran cuadros copiados. Pero ¿quién se iba a resistir a tomarse un café con las tres gracias de Rubens colgadas en la pared del fondo?
Le pregunté por qué copiaba cuadros de pintores famosos del Prado. Me dijo que quería aprender de los mejores, y que algunos de ellos estaban en el Prado. Cuando preparamos la exposición, en una de esas visitas que hice a su taller a las afueras de Madrid, le dije que si no tenía un estilo personal. Me enseñó algunos cuadros. Trataban temas oníricos y tenían un cierto espíritu surrealista inclinado hacia la moderna estética gótica. Pero se apreciaba un esfuerzo por aprender de los clásicos.
Los descarté, no por malos, sino porque no encajaban en lo que queríamos hacer. Construir nuestro pequeño Museo del Prado en la cafetería. Como él me dijo, sin aprender las técnicas de los grandes pintores, no puedes levantar con solvencia un estilo propio. El arte, según él, es un aprendizaje colectivo y acumulado.

Técnicas pictóricas que se han perdido.    
Cuando vamos a visitar un museo o una iglesia, nos quedamos impresionados con cuadros pintados en la Edad Media, en el Renacimiento o en el Barroco. Aparte de su composición, debemos partir de que en aquel tiempo se utilizaban materiales y técnicas diferentes a las actuales. Los pintores fabricaban sus pinturas y sus lienzos. Estas técnicas, muchas de ellas, han quedado en desuso.
Una de las más características es la pintura al huevo, o el “temple al huevo”. Como indica el suplemento de historia de National Geographic, esta técnica fue utilizada por grandes pintores del Renacimiento como Sandro Botticelli y Leonardo da Vinci, pero su uso se remonta a la Edad Media. Encontramos retablos pintados con esta técnica en el románico y en el gótico.
Para fabricar la pintura, se mezclaba yema de huevo con un poco de agua y pigmentos en polvo. Era frecuente añadir a la mezcla un poco de aceite de linaza, para hacer la pintura más flexible. Era una pintura de secado rápido, lo que obligaba al pintor a trabajar con agilidad. La pintura se aplicaba sobre el lienzo con pinceladas finas y por capas. El resultado era una pintura mate con una sorprendente luminosidad.
Otra técnica ancestral es la pintura al fresco. Utilizada en las grandes pinturas murales de iglesias y palacios. Cuenta la página web de Ifema que esta técnica ya se empleaba en la antigua Grecia y en Roma. En el Renacimiento italiano, grandes pintores como Miguel Ángel y Rafael hicieron gran uso de ella. En este caso, el pintor preparaba el lienzo sobre una pared de piedra o ladrillo, cubriendo la zona con una capa de yeso enlucido. Cuando el yeso está fresco, absorbe los pigmentos de la pintura y los integra en la superficie. La pintura empleada por los artistas no era más que tierra o metales en polvo, diluidos en agua. Al igual que el temple al huevo, era una pintura que debía aplicarse con rapidez. Lo que obligaba al pintor a hacer uso de toda su destreza.

Pintores que inspiraron con el color.
El uso del color es una habilidad de los grandes pintores que ha cautivado al público y que ha creado escuela. Es imposible ignorar los fondos oscuros de Caravaggio, como si el escenario del cuadro fuera una noche cerrada. O los juegos de claroscuros de Rembrandt, con su paleta de colores terrosa.
Pero es el final del siglo XIX y el principio del XX, con la emergencia del impresionismo francés y todas las vanguardias que llegaron después, las que redimensionaron el papel del color en la pintura, tal y como señala el suplemento Verne, del periódico El País.
Con la revolución industrial avanzada, aparecen nuevos formatos como la fotografía o el cine que desplazan a la pintura de su papel documental. La pintura no puede limitarse a reflejar la realidad. Busca otros territorios por los que expandirse. Como, por ejemplo, reflejar y despertar sentimientos y emociones. En este nuevo camino, el color se convierte en su vocabulario.
Así aparecen pintores como Cézanne o Monet, que utilizan colores como el verde, el violeta o el azul para crear atmósferas. Henri Matisse, líder del fauvismo, utiliza colores puros y los desliga de los objetos. Emplea el color para transmitir emociones. Rostros verdes, cielos rojos, fondos rosas.
Van Gogh mezcla sobre el lienzo los colores, creando combinaciones imposibles. Aplica la ley del contraste simultáneo. Superpone con pinceladas colores diversos como el amarillo, el naranja, el verde, el azul de ultramar, como si quisiera reflejar en el lienzo aquello que estaba fluyendo por su cabeza.
Años más tarde, Picasso usará el color como un termómetro emocional. Principalmente en su etapa azul y en su etapa rosa. El azul como símbolo de melancolía, de tristeza, de pobreza. Y el rosa, en alusión al mundo del circo, con una mayor vitalidad e ilusión, donde prima “el más difícil todavía”.

Técnicas pictóricas actuales.
Frente a las técnicas antiguas, se han consolidado otras, que, si bien todas nos son nuevas, sí permiten trabajar con más tranquilidad, realizar retoques y corregir errores. Nos referimos a la pintura acrílica, pintura al óleo, acuarela y pintura al pastel. El blog de El Taller de la Salamandra nos habla de ellas.
La pintura acrílica utiliza un aglutinante sintético que une los pigmentos de color. Al ser soluble en agua, ofrece un acabado denso y uniforme. Su rápido secado permite superponer capas sin riesgo de que se resquebraje la superficie, lo que garantiza una gran durabilidad sobre soportes como el lienzo, el papel, la madera o el vidrio.
Por otro lado, la técnica del óleo destaca por ser una de las más tradicionales. Los pigmentos se mezclan con aceites y sustancias grasas, generando una consistencia espesa que requiere el uso de diluyentes específicos. Debido a su lento tiempo de secado, dominar la superposición de capas y la proporción de diluyente exige práctica y técnica. No obstante, el aceite crea una película protectora duradera que preserva los colores a lo largo del tiempo.
En la acuarela, la cualidad que la define es la transparencia. Al ser una técnica al agua, se debe trabajar desde los tonos más claros hacia los más oscuros en capas sucesivas. Requiere el uso de un papel con gramaje especial para absorber la humedad y permite generar efectos como degradados o manchas de gran soltura, otorgando a las obras un acabado ligero.
Por último, el pastel se emplea como una técnica en seco mediante barras de pigmento compactado con goma de tragacanto, sin necesidad de pinceles ni disolventes. Se aplica directamente con las manos o con difuminadores sobre papeles rugosos, siendo ideal para trabajar el color, la luz y la textura con trazos expresivos. Para asegurar la fijación del polvo de pigmento al soporte y prolongar la conservación de la obra, se aplica un barniz o aerosol.

Pinturas inspiradas en los clásicos.
La industria ha sabido adaptar la paleta de colores y las texturas que utilizaban los pintores clásicos a las técnicas contemporáneas. Así nos lo confirman los distribuidores de Artespray, una tienda online de materiales para bellas artes, todo un referente en la venta de estos productos por internet desde el 2006, que nos cuentan cómo existen kits inspirados en los colores que utilizaban Van Gogh y Rembrandt, adaptados para trabajar con pintura acrílica, al óleo, al pastel o con acuarelas.
Un producto que cubre las exigencias de una parte de los aficionados que gustan de trabajar con los colores que usaban estos artistas emblemáticos, aunque practiquen un tipo de pintura que no tiene nada que ver con ellos.
La pintura de Rembrandt se caracterizaba por el uso de tonos terrosos. Orgánicos. A la par que ofrecía una apariencia sobria. A la hora de pintar, Rembrandt empleaba menos pigmentos que sus contemporáneos, lo que le obligaba a recurrir a degradados y a un interesante juego de claroscuros que hacía que la atmósfera que envolvía a las figuras cobrara una importancia especial. Entre los colores que formaban su paleta encontramos el negro carbón y el negro humo, los ocres y los amarillos plomizos, el marrón tierra y el blanco de plomo.
En Van Gogh, en cambio, vemos una explosión de color. Donde el color en sí es lo que simboliza la luz. Encontramos los amarillos, como expresión de la luz solar, presente en sus famosos girasoles o en el cuadro de la Casa Amarilla, y el azul intenso como manifestación de la noche. Estos colores básicos o de fondo, en la pintura del pintor holandés, se entremezclan con una rueda de colores brillantes donde encontramos naranjas, rojos, verdes, azules, violetas, morados. En la pintura de Van Gogh, el color es denso y, en ocasiones, muy vivo, y sirve para proyectar energía a través de la pintura.
Estas dos paletas nos sirven de ejemplo de cómo los colores empleados por grandes pintores de la historia pueden servir de base para otros artistas, que no tienen por qué seguir exactamente la estela que dejaron los maestros. Los tonos empleados por Rembrandt sirven para proyectar una pintura sobria, con una emoción contenida; mientras que los que utilizaba Van Gogh son útiles para realizar una obra altamente expresiva.

Pinturas que influyeron en otras pinturas.
La historia del arte es un ir y venir de referencias y homenajes a los viejos maestros. El Cristo de Dalí es una referencia inequívoca al Cristo de Velázquez. En sus últimos años, Picasso realizó un estudio exhaustivo de Las Meninas de Velázquez expresadas en 49 cuadros distintos.
La revista Verne nos deja una buena muestra de ello, presentándonos grandes obras de arte que se inspiraron en obras anteriores. Así, por ejemplo, la Olimpia de Manet bebe directamente de la Venus de Tiziano. El estudio del retrato del papa Inocencio X de Francis Bacon es una versión delirante de otro retrato homónimo que realizó Velázquez trescientos años antes. Van Gogh reinterpretó cuadros costumbristas del pintor realista francés Jean Francois Millet, acostumbrado a retratar escenas de campesinos, y lo mismo hizo Dalí con ese ambiente onírico que imprimía a sus cuadros. Quien a su vez pintó una versión libre de La última cena de Leonardo da Vinci.
Durante mucho tiempo, la mejor escuela de arte que existía era visitar de primera mano Roma, Florencia y Venecia. Para que el artista se empapara directamente del Renacimiento italiano. De artistas como Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, Rafael, Donatello, Tiziano.
Recurrir a los clásicos es una base sólida para desarrollar un estilo propio. Aunque luego no tenga que ver con la pintura figurativa. Aunque optemos por la abstracción. La trayectoria pictórica de la historia del arte nos da un conocimiento profundo del uso del color, del empleo de la luz, de la composición, de la perspectiva que tiene un valor incalculable para poder armar un discurso artístico personal.
Lo llevan haciendo los artistas desde tiempos inmemoriales. Toda corriente artística bebe de la tradición acumulada. Aunque luego la cuestione. Aunque la vuelva patas arriba.
Por eso, si eres pintor, si te gusta pintar, no tengas miedo a recurrir a los clásicos. Es uno de tus mejores recursos. Aunque, como es lógico, cuentes otras cosas en tu pintura.

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